domingo, 29 de junio de 2025

Hoy: parada en la pasarela, las cintas verdes de los juncos meciéndose fuertemente con las olas del viento, tumbándose, diciéndome ven túmbate con nosotros, la seda verde de sus hojas rozando mis dedos una y otra vez, cubriendo la orilla que ya no se ve, hundiendo sus raíces en el fango que huele agradablemente a azufre, a podrido, a muerte y a vida. Luego la vaca corriendo a toda prisa por el agua y las matas de hierba y las flores hacia su cría, y todo el rebaño lejos como una imagen idílica de familia que varios humanos miramos desde el camino detrás de la valla. Y al pasar por mi banco pienso en aquella tarde que me senté allí a empezar el libro de Wall Kimmerer.

I return to my interaction with the sea

Vuelvo a mi interacción con el mar cuando me dejo llevar. Cuando no intento dirigirme, cuando como sin mesura pero sin hartarme y le dejo al animal suave de mi cuerpo hacer lo que le apetece. Mastubarse, tumbarse, descansar, coger mis dos piernas y salir por la puerta, respirar el aire fresco y recién lavado por la lluvia, caminar mientras canto una canción, probar el agua del mar, sentarme en la orilla a respirar, pensar en otros lugares y en otros sueños, pensar que soy un pez, una lombriz que horada la tierra.

martes, 24 de junio de 2025

Ya siento esa retirada de mis energías que viene con la fase luteal, esa tendencia a la introspección. La honro y la respeto.

Una persona que se cruza

Es la foto que me hicieron en la plaza de San Marcos, con los brazos cubiertos de palomas. Un señor (imaginario), está atravesado en la foto. Se aleja de espaldas, lleva un polo amarillo y chinos beige. Se dirige a uno de los cafés de la plaza, donde ha quedado con su amante, y está enfadado. Sabe que la discusión es inminente, y por eso se apresura, en los brazos de la ira sus pies adquieren una velocidad increíble mientras piensa en la lluvia, en el olor del café y de los biscottis, en los reversos seguramente húmedos y mullidos de los brazos de su amante mientras le da vueltas al café con la cucharilla.

sábado, 21 de junio de 2025

 I let myself try and fail in the pursuit of pleasure.

(Arrangements in Blue, Amy Key)

Blue

I've come to realize that in the romantic loving I've done I've often obliterated my sense of self: I've not located my needs, let alone asked for them to be met. I've just doggedly pursued a kind of abstract reciprocation [...] (Amy Key)

Necesidades: estabilidad emocional, autenticidad emocional, compatibilidad y atracción sexual, quiere hijos, dispuesto a dialogar cuando surgen problemas, no engaña, TIENE LAS COSAS CLARAS, me respeta y presta la atención que merezco (no tener que mendigar cariño), es cariñoso

Deseos: dinero, comparte interés por actividades culturales y por la lectura, sabe de cosas que yo no, cocina y come bien (con gusto y placer y sano)

martes, 17 de junio de 2025

Preguntas

¿Por qué nací? ¿Para salir a respirar el aire de primavera un día de mayo? ¿Para sentir dolor y placer, para amar? O mejor, ¿para qué nací? ¿Puedo considerar cumplido el propósito de mi vida si cumplo x objetivo? ¿O es lo mismo pasar día tras día a la deriva, sin hacer nada? ¿Por qué existen tantos otros como yo? ¿Por qué tenemos genes, orejas, pelo, manos y pies? ¿El amor sirve para algo? ¿El amor es real? ¿Por qué ellos no me aman, pero sí aman a otras? ¿Hay algo en mí que es equivocado, imperfecto, que los demás siempre advierten? ¿Por qué no logro hablar ese lenguaje secreto que los demás sí parecen hablar? ¿En qué recovecos me escondo? ¿Alguien podrá encontrarme en ese recoveco? ¿Podré encontrarme yo misma? ¿Podré salir de ese recoveco y construir algo, tener hijos? ¿Me arrepentiré de tener hijos, de cumplir el propósito que está programado en mis genes? ¿Tendré hijos? ¿En qué se resolverá mi vida? ¿Seguirá igual, igual hasta su fin? ¿Seguiré igual, saldré del recoveco? ¿Por qué nací?

*

Y también: ¿mi vida es algo que resolver, como un acertijo? ¿algo que reparar? ¿algo que construir? ¿por qué no la entiendo, por qué la vida parece expulsarme, una y otra vez? ¿por qué me siento una extraña en todas partes?

*

¿por qué me mintió? ¿por qué me oculté? ¿por qué me oculto en vez de mostrar mi verdadero ser, mis anhelos y sentimientos? ¿por qué transijo cuando mi entraña me dice que alguien no es para mí? ¿por qué me aferro? ¿porque quiero sentirme querida? ¿escuchada? ¿amada? ¿un objeto erótico? ¿meramente presenciada, salir de mi vacío?

lunes, 16 de junio de 2025

Sueños:

16/06: En unas literas en un cuarto aislado hay un androide desmontado. Sé que es peligroso, pero quiero tener sexo con él. Lo monto y follamos y tengo miedo. En ese mismo cuarto, más tarde, hay unos jóvenes raros en una especie de campamento. El juego de interruptores es muy complicado. Enciendo las luces para ver algo pero luego no sé cómo apagarlas, e insisto e insisto aunque no puedo: cada vez que apago todas una queda encendida

29/06: He soñado que iba a casa de Turo Vartiainen a cambiarme (¿después de un vuelo?) y en su cuarto había muchos libros y como símbolos y yo en realidad estaba tratando de hacer otra cosa, y luego él, una niña francesa de unos 10 años que como él hablaba español (los tres nos comunicábamos en español) y yo teníamos que hacer "a party discussion" (y no defenderlos como tal, como yo pensaba y Turo me corrigió cuando estábamos sentados los tres en unas estructuras de piedra al aire libre y yo acababa de conocer a la niña) de lo que significa defender nuestros derechos como ciudadanos. Luego íbamos bajando como por una cuesta, hacia la supuesta fiesta/reunión.

30/06: soñé que durante unos días acompañaba en clase (como profesora sustituta) a una profesora de un colegio de un pueblo pequeño de Galicia a la que iba a sustituir. A los alumnos no les gustaba; uno de ellos era o se parecía mucho al adolescente de la película de ayer (que tiene sexo con su madrastra). Al final estábamos en el gimnasio todos, yo también intentaba hacer algo pero no me sentía cómoda. Al final del curso se editaba una especie de anuario pero con fotos del pueblo y de la naturaleza, muy bonito. Yo decidía no aceptar el trabajo porque nadie me respondía cuando al irme decía "¡adiós, que paséis buenas Navidades!" y además, ¿qué iba a hacer en ese pueblo pequeño de Galicia?

02/07: soñé que alguien (¿Estitxu?) hacía unas máscaras y nos las poníamos delante de un espejo, a alguien le quedaban como si fuera la persona de la máscara de verdad pero a otro alguien (¿yo?) no y se notaba porque el cuello y las manos no coincidían con la cara. Yo vivía en aquella casa, pero me acababa de mudar a la habitación pequeña y cuando miraba en torno de mí mi mundo se veía reducido, reducido.

03/07: soñé que volvía a ver a Benjamín y también estaba R. Estábamos en Finlandia y él nos llevaba en coche pero luego se bajaba, así que conducía R. pero desde atrás. Yo no sabía que eso era posible pero razonaba que claro, que no hace falta ver lo que está inmediatamente debajo del coche. A mí me daba un poco de miedo que condujera ella porque no veía bien e iba muy rápido, se torcía en las curvas oscuras; hablamos de sus brusquedades y le pregunté que edad tenía pero no me quiso responder, aunque no era desagradable. Luego llegamos a una galería donde teníamos que "trabajar" (quitar la exposición que acababa de terminar: unos ramos de flores apoyados cada uno sobre una puerta/marco) y al terminar la dueña de la galería, una mujer rechoncha parecida a Amy Key, nos llevaba a un cuarto con una cortina rosa-naranja en la que había pintada una musa y R. se ponía al piano mientras la dueña me maquillaba, primero los ojos y la boca de naranja, y me gustó, pero luego los dientes de negro y aunque sonreía para verlos no me gustó nada. (También: me daba un ungüento sobre el esternón y yo le decía que tenga cuidado porque soy muy delgada).

06/07: soñé que de hecho empezaba a llover y caía algún cuaderno, pero sin ninguna mala intención. Y yo me tumbaba bajo el peral de la calle a ver cómo caían las flores, todas flotando en el aire salvo una muy grande que permanecía en el árbol, y yo la miraba.


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alejarme del dolor, de lo que pudo ser donde pudo ser

Una reseña de un hotel donde no he estado

La cama era blandísima, con sábanas recién cambiadas y con un olor brumoso a jazmín.

Me encantó que me regalaran una cesta con frutas tropicales cada día.

Me encantó la terraza con sillas de mimbre y vistas a la sabana.

Me encantó la bañera enorme y con patas de elefante, y que me trajeran sales de baño.

Me encantó la parte abuhardillada donde estaba el escritorio, y la orquídea que crecía en el jarrón largo y estrecho.

Me encantó el jardín con sus cisnes y otras aves, donde cené cada noche cenas como chuletas con patatas y de postre una tarta de fruta fresca.

En definitiva, quiero quedarme a vivir aquí.

viernes, 13 de junio de 2025

El bosque (Natalia Goncharova)

Los pájaros salían de entre las astillas como embarrados, con el plumaje rosado como mustio. Ella miró hacia arriba. Se imaginó que era un pájaro. La maleza entrecruzada parecía astillas, pero se dijo: "tengo que avanzar". Tomó un camino negro que pasaba bajo dos árboles que parecían dos calas enormes. Allí arriba, las calas juntaban sus copas como acariciándose, y en ellas había posados varios pájaros. Entonces se preguntó si la maleza no sería una encarnación de sus propios pensamientos, tan enrevesados. Se agachó, montó en la barca y cruzó las zarzas surcándolas fácilmente hasta la torre de paja en el otro extremo del claro. En el río había peces dorados con aletas azules, y ella tendió una mano que hendió el agua y rozó las aletas de algunos peces. Lo que habría más allá pronto se vería.

miércoles, 11 de junio de 2025

Un número por línea

un beso

dos caras

tres hermanos

cuatro cubiertos

cinco comensales

seis aceitunas

siete de agosto

ocho vasos

nueve canicas

diez peces

once ciegos

doce huevos

trece gatos

catorce A

quince rosas

dieciséis años

diecisiete escalones

dieciocho meses

coche diecinueve

veinte afectados

piso veintiuno 

veintidós adioses

veintitrés libros

vía veinticuatro 

veinticinco minutos

veintiséis grados

veintisiete horas

veintiocho gramos

veintinueve euros

treinta puntos


Texto:

Me dio un beso y se despidió, con ese hacían veintidós adioses. Subí los diecisiete escalones uno por uno, despacio, pues hacía mucho calor. Yo estaba de nada menos que dieciocho meses. Cuando llegué al restaurante ya todos estaban allí. Había cuatro cubiertos a la mesa, a pesar de que éramos cinco comensales. Pedí otro más. Me senté y resoplé fingiendo hastío, a pesar de que por dentro me invadía el gozo. Ni yo misma me lo explicaba: siempre fui una persona de dos caras. Era siete de agosto, el día del cumpleaños de mamá, por eso estábamos allí. Pedí el pato con salsa de frutos rojos, que costaba veintinueve euros. Me acomodé y sonreí. Todos me miraron expectantes. Entonces, mientras roía la carne de exactamente seis aceitunas, les conté lo que ella me había dicho: que el tren había partido de la vía veinticuatro, no de la catorce, como originalmente estaba previsto, que en el vagón viajaba un anciano con trece gatos, y que entre una cosa y otra no había llegado a casa sino veintisiete horas después. Veinticinco minutos más tarde trajeron los entrantes, que los tres hermanos engullimos, mientras nuestros padres nos miraban con cara de circunstancias y hablando sobre no sé qué noticia de un incendio en el piso veintiuno de un edificio unas calles más abajo.

martes, 10 de junio de 2025

Contar un secreto sin contarlo

No sé cómo decirlo, pero quizá ESO, de lo que todo el mundo hace tan gran cosa, no me gusta tanto. Quizá porque no llego, porque esa gran montaña de la que todos hablan parece para mí inalcanzable, una nube húmeda y aplastante allí arriba, arriba, arriba. Por eso cada primera vez es como cuando desenvuelvo un bombón que nunca he probado, anticipando que este sí será por fin un chocolate delicioso... para siempre acabar decepcionada. De ahí mi incapacidad, mi no terminar de decidirme a estar así, no-sola. De ahí que ellos me den siempre un ligero asco cuando imagino, sin haberlos probado aún, sus cuerpos contra el mío.

lunes, 9 de junio de 2025

Las olas

Rhoda bajó a ver el mar al atardecer. El mar se hinchaba y se deshinchaba cargado de agua y de crustáceos, las olas todo lo barrían, cada grano de arena como un minuto de su vida arrasado por la máquina del tiempo. Cada ola que se alzaba y luego rompía y se deshacía en la orilla era un año, el aire morado y azul que la rodeaba y que ella respiraba algo que se doblaba a merced del tiempo, como todo lo demás, una gran burbuja de aire y de sal y agua resbaladizos que empezaba una y otra vez hasta el infinito. Así en el vaivén del mar que la envolvía Rhoda vio su pasado y su presente, a Bernard, Jinny, Louis, Neville y Susan, un algarabío de voces de gaviotas, el tintín de los cantos redondeados arrastrados por el agua, el mar que nunca se detenía, a su madre ahogándose en las olas, a una niña que sería su hija ahogándose en las olas, el tiempo que no cesaba.

sábado, 7 de junio de 2025

La teoría de los seis grados de separación

Conozco a Jean Rhys, la escritora caribeña ya muerta, a través de una serie de coincidencias. Resulta que mi abuela, también muerta, vivió un tiempo en Puerto Rico. Allí mi abuela era enfermera en el hospital de San Juan. Una tarde, vino a urgencias una mujer con la mano quemada, acompañada por otra mujer. La de la mano quemada era una famosa escritora caraqueña, ahora medio loca, que al parecer se había quemado a posta. Mi abuela le curó y vendó la mano, y esta señora tomó la costumbre de ir a visitarla a la consulta algunas tardes con un termo de té que tenía unas inscripciones chinas y bizcochitos. Le contó a mi abuela que por lo visto era de una familia de escritores, y que se había criado en Nueva York. Su padre, uno de los escritores más importantes de El Techo de la Ballena, había frecuentado en Nueva York a muchos escritores. Sin embargo, cuando llegó allí era un don nadie, y fue solo cuando conoció a Juan, el botones puertorriqueño de un famoso hotel, una tarde de verano en el parque, que su suerte cambió. Cuando Juan y el padre de la escritora se hicieron íntimos, Juan le contó que en el bar del hotel donde trabajaba solían reunirse un puñado de escritores entre los que se encontraba el británico Francis Wyndham, que entonces estaba pasando una temporada en Estados Unidos con una tía suya. Francis Wyndham, por cierto fue uno de los pocos amigos cercanos de mi querida Jean Rhys.

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(Yo, mi abuela, la escritora de la mano quemada, el padre de la escritora de la mano quemada, Juan el portero, Francis Wyndham, Jean Rhys)

jueves, 5 de junio de 2025

Una postal de la ciudad donde vivo

Es la rosaleda de Helsinki. Aún no he estado, pero imagino que hay rosas y el mar de fondo. Algunas han florecido, otras guardan sus capullos en un abrazo apretado de sépalos, pétalos olorosos y gotas de lluvia. Quizá me siento en un banco y recuerdo esa otra rosaleda en Madrid, la mañana en que me senté en un banco después de ir a la sección de limpieza en seco del Corte Inglés con mamá y hacía demasiado sol, y no era así como me había imaginado que leería los poemas de Juan Ramón Jiménez sobre la primavera. Y recordaba también cuando estuvimos en la rosaleda el día del apagón y la confusión que sentía ese día, también muy soleado pero incierto y raro.

En cualquier caso, esta rosaleda no es aquella, y hoy no hace calor pero se está bien. Las hojas de las rosas brillan con un verde nuevo y los tallos se inclinan un poco como diciendo: huéleme. Los bancos están vacíos y apenas hay gente porque así es Helsinki. Más allá de la rosaleda, hay un parque y después semáforos y la carretera por la que pasa el bus que me lleva a casa.

Es una rosaleda bonita, pero me decepciona un poco porque es pequeña y un poco insípida, como la mayoría de las cosas aquí.

miércoles, 4 de junio de 2025

Me aterra sentir que la única forma de relacionarme con el mundo es mediante el intercambio monetario, dando dinero.

Me acuerdo

Me acuerdo de cuando montábamos en bici por las tardes, los tres en fila, pedaleando por la urbanización. Normalmente yo iba la primera porque al ser la mayor pedaleaba más rápido, además iba contando historias que me inventaba mientras pedaleaba, una suerte de programa de radio de cuentos. Conocía cada cuesta al milímetro, las más suaves y empedradas por las que se podía ir a toda velocidad, soltando los pedales, y las empinadas en las que había que ir frenando, despacio, despacio, para no acabar estrellado contra la hierba más allá de los bordillos. Yo tiraba de los cuentos como un hilo, los iba contando como un hilo para entretener a mis hermanos. Salían de mi cabeza solos. También pensaba en casa, en lo que harían nuestros padres ahora que no estábamos, en la merienda de bocadillo de jamón reseco y un zumo que nos esperaba en casa dentro de dos horas, en los suelos de parqué de mi cuarto y en lo que me gustaba sentarme debajo de la mesa a escribir un cuento. Quería estar en casa, pero ahora estaba en la urba pedaleando y tampoco se estaba mal, y yo tiraba del cuento como un hilo que salía de mi cabeza. Pasábamos por el talud pegado a Mendizorroza, donde yo a veces encontraba caracoles y les daba de comer hojas, por los soportales de la casa de Jasón y de los Ibarra, por nuestros soportales, por donde vivía Ana, la niña que tenía síndrome de Down, y su madre muy desagradable, luego la salchicha que llevaba a la entrada de la urbanización con sus ciruelos, una casa baja como de pueblo que tenía un huerto, la puerta verde que llevaba a Luko y de nuevo los portales del fondo pero del otro lado, que eran como visitar una tierra extraña, con hierba distinta y manzanos y palmeras en los contenedores de basura.

En la campa, arriba, había hierba y había árboles, había tierra; había raíces de pinos que al hundirse en la tierra hacían una casita y escondían monedas y otras cosas que se podía encontrar. Tesoros. Me gustaba ensuciarme las uñas desenterrando cosas, me imaginaba cavando en mi pequeña madriguera y que ningún vecino podía verme. Eso era más privado que montar en bici, porque cuando montabas en bici los vecinos sí podían verte, y a veces te decían cosas desagradables, como la vez que tuve que ayudar a Álvaro a hacer caca en la campa porque papá y mamá quién sabe dónde estaban y una señora nos dijo que eso no se hacía (y pienso que ahora le habría dicho, un momento, ya subimos a usar su baño, señora).