Conozco a Jean Rhys, la escritora caribeña ya muerta, a través de una serie de coincidencias. Resulta que mi abuela, también muerta, vivió un tiempo en Puerto Rico. Allí mi abuela era enfermera en el hospital de San Juan. Una tarde, vino a urgencias una mujer con la mano quemada, acompañada por otra mujer. La de la mano quemada era una famosa escritora caraqueña, ahora medio loca, que al parecer se había quemado a posta. Mi abuela le curó y vendó la mano, y esta señora tomó la costumbre de ir a visitarla a la consulta algunas tardes con un termo de té que tenía unas inscripciones chinas y bizcochitos. Le contó a mi abuela que por lo visto era de una familia de escritores, y que se había criado en Nueva York. Su padre, uno de los escritores más importantes de El Techo de la Ballena, había frecuentado en Nueva York a muchos escritores. Sin embargo, cuando llegó allí era un don nadie, y fue solo cuando conoció a Juan, el botones puertorriqueño de un famoso hotel, una tarde de verano en el parque, que su suerte cambió. Cuando Juan y el padre de la escritora se hicieron íntimos, Juan le contó que en el bar del hotel donde trabajaba solían reunirse un puñado de escritores entre los que se encontraba el británico Francis Wyndham, que entonces estaba pasando una temporada en Estados Unidos con una tía suya. Francis Wyndham, por cierto fue uno de los pocos amigos cercanos de mi querida Jean Rhys.
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