De camino a Isle-en-Dodon, en el bus lleno de chicas adolescentes: pensar en Carlota y acordarme de esa pátina de chicle de fresa que lo cubría todo en la adolescencia, como una película brillante que estalló cuando cumplí los 18 años revelando la fealdad del mundo.
De qué tenía miedo: de no volver íntegra, de estropearme la piel o romperme algo, de vivir algo que cambiaría la serenidad con la que volvía de Portugal; de volver dañada.
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