un beso
dos caras
tres hermanos
cuatro cubiertos
cinco comensales
seis aceitunas
siete de agosto
ocho vasos
nueve canicas
diez peces
once ciegos
doce huevos
trece gatos
catorce A
quince rosas
dieciséis años
diecisiete escalones
dieciocho meses
coche diecinueve
veinte afectados
piso veintiuno
veintidós adioses
veintitrés libros
vía veinticuatro
veinticinco minutos
veintiséis grados
veintisiete horas
veintiocho gramos
veintinueve euros
treinta puntos
Texto:
Me dio un beso y se despidió, con ese hacían veintidós adioses. Subí los diecisiete escalones uno por uno, despacio, pues hacía mucho calor. Yo estaba de nada menos que dieciocho meses. Cuando llegué al restaurante ya todos estaban allí. Había cuatro cubiertos a la mesa, a pesar de que éramos cinco comensales. Pedí otro más. Me senté y resoplé fingiendo hastío, a pesar de que por dentro me invadía el gozo. Ni yo misma me lo explicaba: siempre fui una persona de dos caras. Era siete de agosto, el día del cumpleaños de mamá, por eso estábamos allí. Pedí el pato con salsa de frutos rojos, que costaba veintinueve euros. Me acomodé y sonreí. Todos me miraron expectantes. Entonces, mientras roía la carne de exactamente seis aceitunas, les conté lo que ella me había dicho: que el tren había partido de la vía veinticuatro, no de la catorce, como originalmente estaba previsto, que en el vagón viajaba un anciano con trece gatos, y que entre una cosa y otra no había llegado a casa sino veintisiete horas después. Veinticinco minutos más tarde trajeron los entrantes, que los tres hermanos engullimos, mientras nuestros padres nos miraban con cara de circunstancias y hablando sobre no sé qué noticia de un incendio en el piso veintiuno de un edificio unas calles más abajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario