De niña la atención masculina me daba asco. De alguna forma podía sentir la amenaza inminente y pegajosa del sexo, los dedos que vendrían a tocar mis muslos y mi cuello, aunque yo solo era una niña mofletuda y con gafas, vestida con la ropa rosa que mamá me obligaba a ponerme y que yo odiaba.
El primero de ellos fue Christian. Christian era colombiano, delgado y muy bajito, con la cabeza desproporcionadamente grande y sienes amplias, como un hombre en miniatura. Me pedía un lápiz, se sentaba cerca mío y me sonreía. Yo empecé a ser desagradable con él, a no responderle, y entonces él reaccionó siendo aún más desagradable conmigo y me sentí mal e intenté suavizarme, pero ya era tarde.
El segundo que recuerdo fue Roberto. Roberto era rubio, de cabeza ovalada y voz gruesa, como si siempre estuviera comiendo sopa y su garganta emitiera los sonidos a través de ella. Además, olía siempre un poco a caldo, o más bien a sodio y verduras reconcentradas, como un cubito de Avecrem. Tenía una boca de labios ganchudos y carnosos, como un periquito, que siempre me hacían pensar en babas y en esa cosa húmeda y asquerosa y caliente que era el sexo, y solía jugar al fútbol. Era bueno y un poco estúpido.
El tercero, y el peor, fue Mario. Teníamos cerca de 13 años. Mario era el empollón (zapatillas Puma, cabeza pequeña, ojitos pequeños y feos, monopatín, ciertas ínfulas), yo era la empollona: aquello estaba escrito. Todo empezó cuando adquirió la costumbre de llamarme por teléfono para preguntarme los deberes de matemáticas. De pronto un día, antes de colgar, confesó que me quería. Respondí de malas maneras y colgué nerviosamente y de golpe, y las manos me temblaban tanto que rompí una bola de vidrio que era un recuerdo de algún sitio. Después empezó a pedirme libros de texto y a dibujar corazones en ellos, o, aún peor —y esto me ponía tremendamente enferma y nerviosa— me esperaba en la entrada de mi urbanización a la salida de clase para intentar hablar conmigo. Por San Valentín me regaló una figurita, ya no recuerdo qué era, que estallé una y mil veces, angustiada y asqueada. Aquello no estaba bien. No quería sentir su sudor ni su aliento encima mío, ni el de ninguno de ellos.
El tiempo que pasó desde entonces hasta mi primer magreo con aquel primo guapo pero imbécil de otro compañero de clase en su lonja, hasta que empecé a desear su sexo (no el suyo en particular, sino el de cualquier hombre), fue infinito.
miércoles, 27 de mayo de 2020
domingo, 24 de mayo de 2020
Idea para pintar #2
Hacer prints de escritoras + colorearlos con tintas naturales hechas con bayas, hojas, cáscaras, huesos de frutas, flores... (monocolor).
domingo, 17 de mayo de 2020
Idea para un proyecto fotográfico #3
Fotografiar guantes perdidos y colgados de ramas (y quizá incluso de otros lugares: barandillas, repisas, paradas de autobús...).
Dolor menstrual
Me quedo en el baño
porque allí puedo desbordarme
sentada en el suelo
desnuda
prostaglandínica
sangrante
ancestral
temblando de frío
y de dolor
aullando y gimiendo
como una parturienta
por mi óvulo no fecundado.
***
Ahora
el esperado alivio
tengo hambre
mis intestinos
nadan
en su baño de oxitocina
en mis rodillas y en mis piernas
bulle una sensación de cansancio suave
y siento una energía
iniciática y clara
que sube por mi raíz
como una luna.
***
Ser
tierna
conmigo.
porque allí puedo desbordarme
sentada en el suelo
desnuda
prostaglandínica
sangrante
ancestral
temblando de frío
y de dolor
aullando y gimiendo
como una parturienta
por mi óvulo no fecundado.
***
Ahora
el esperado alivio
tengo hambre
mis intestinos
nadan
en su baño de oxitocina
en mis rodillas y en mis piernas
bulle una sensación de cansancio suave
y siento una energía
iniciática y clara
que sube por mi raíz
como una luna.
***
Ser
tierna
conmigo.
jueves, 7 de mayo de 2020
El miedo
De pronto
todas mis plantas parecen mustias
y siento que la podredumbre
me acecha desde dentro,
en el rincón oscuro
y en el huevo
que urde su roimiento.
*
De pronto veo flashes
que rasgan la oscuridad
con dentelladas
de juerga canina.
todas mis plantas parecen mustias
y siento que la podredumbre
me acecha desde dentro,
en el rincón oscuro
y en el huevo
que urde su roimiento.
*
De pronto veo flashes
que rasgan la oscuridad
con dentelladas
de juerga canina.
miércoles, 6 de mayo de 2020
lunes, 4 de mayo de 2020
Nectarina
Como una rosa roja y amarilla
cabes igual de bien
cabes igual de bien
entre mis dedos
que entre mi lengua y mi paladar.
sábado, 2 de mayo de 2020
El marido
Me quedo con él porque no sé qué otra cosa hacer, y también porque le quiero o un poco. O bastante. Aunque se debate dentro de mí un ansia de soledad absoluta que sé que un día triunfará sobre todo lo demás, mi sueño supremo. A veces me molesta su necesidad de sexo, o simplemente que esté ahí cuando quisiera sentarme a escribir o a leer o a intentar pintar algo sin que nadie me viera. Solo sentarme y estar sola como cuando de pequeña cerraba la puerta del baño antes de ir al colegio y me imaginaba que luego no abría la puerta, que me quedaba toda la tarde comiendo galletas y leyendo un libro. Ese es mi sueño absoluto: un lugar en el que estar sola sin que nadie pueda abrir la puerta, donde ser consciente de mí todo el rato, de cada minuto, de cada hora. Cuando se va planeo cosas: lecturas, horas de escritura, de intentar pintar o hacer impresiones, de hornear panes o galletas. Cuando él está las horas pasan blandas, sin aristas, no me doy cuenta de cada minuto. A veces es agradable que el tiempo pase así, es como un respiro. Otras veces me irrita y querría volver a estar sola, volver a ese sueño absoluto de mi infancia, a ese lugar de soledad donde poder liberarme de la mirada de los otros y estar sola con el tiempo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
-
De camino a Isle-en-Dodon, en el bus lleno de chicas adolescentes: pensar en Carlota y acordarme de esa pátina de chicle de fresa que lo cub...
-
un beso dos caras tres hermanos cuatro cubiertos cinco comensales seis aceitunas siete de agosto ocho vasos nueve canicas diez peces once ci...