miércoles, 27 de mayo de 2020

Texto que vino a mi encuentro al despertarme

De niña la atención masculina me daba asco. De alguna forma podía sentir la amenaza inminente y pegajosa del sexo, los dedos que vendrían a tocar mis muslos y mi cuello, aunque yo solo era una niña mofletuda y con gafas, vestida con la ropa rosa que mamá me obligaba a ponerme y que yo odiaba.
El primero de ellos fue Christian. Christian era colombiano, delgado y muy bajito, con la cabeza desproporcionadamente grande y sienes amplias, como un hombre en miniatura. Me pedía un lápiz, se sentaba cerca mío y me sonreía. Yo empecé a ser desagradable con él, a no responderle, y entonces él reaccionó siendo aún más desagradable conmigo y me sentí mal e intenté suavizarme, pero ya era tarde.
El segundo que recuerdo fue Roberto. Roberto era rubio, de cabeza ovalada y voz gruesa, como si siempre estuviera comiendo sopa y su garganta emitiera los sonidos a través de ella. Además, olía siempre un poco a caldo, o más bien a sodio y verduras reconcentradas, como un cubito de Avecrem. Tenía una boca de labios ganchudos y carnosos, como un periquito, que siempre me hacían pensar en babas y en esa cosa húmeda y asquerosa y caliente que era el sexo, y solía jugar al fútbol. Era bueno y un poco estúpido.
El tercero, y el peor, fue Mario. Teníamos cerca de 13 años. Mario era el empollón (zapatillas Puma, cabeza pequeña, ojitos pequeños y feos, monopatín, ciertas ínfulas), yo era la empollona: aquello estaba escrito. Todo empezó cuando adquirió la costumbre de llamarme por teléfono para preguntarme los deberes de matemáticas. De pronto un día, antes de colgar, confesó que me quería. Respondí de malas maneras y colgué nerviosamente y de golpe, y las manos me temblaban tanto que rompí una bola de vidrio que era un recuerdo de algún sitio. Después empezó a pedirme libros de texto y a dibujar corazones en ellos, o, aún peor y esto me ponía tremendamente enferma y nerviosa— me esperaba en la entrada de mi urbanización a la salida de clase para intentar hablar conmigo. Por San Valentín me regaló una figurita, ya no recuerdo qué era, que estallé una y mil veces, angustiada y asqueada. Aquello no estaba bien. No quería sentir su sudor ni su aliento encima mío, ni el de ninguno de ellos.
El tiempo que pasó desde entonces hasta mi primer magreo con aquel primo guapo pero imbécil de otro compañero de clase en su lonja, hasta que empecé a desear su sexo (no el suyo en particular, sino el de cualquier hombre), fue infinito.

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