lunes, 9 de junio de 2025

Las olas

Rhoda bajó a ver el mar al atardecer. El mar se hinchaba y se deshinchaba cargado de agua y de crustáceos, las olas todo lo barrían, cada grano de arena como un minuto de su vida arrasado por la máquina del tiempo. Cada ola que se alzaba y luego rompía y se deshacía en la orilla era un año, el aire morado y azul que la rodeaba y que ella respiraba algo que se doblaba a merced del tiempo, como todo lo demás, una gran burbuja de aire y de sal y agua resbaladizos que empezaba una y otra vez hasta el infinito. Así en el vaivén del mar que la envolvía Rhoda vio su pasado y su presente, a Bernard, Jinny, Louis, Neville y Susan, un algarabío de voces de gaviotas, el tintín de los cantos redondeados arrastrados por el agua, el mar que nunca se detenía, a su madre ahogándose en las olas, a una niña que sería su hija ahogándose en las olas, el tiempo que no cesaba.

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