Me acuerdo de cuando montábamos en bici por las tardes, los tres en fila, pedaleando por la urbanización. Normalmente yo iba la primera porque al ser la mayor pedaleaba más rápido, además iba contando historias que me inventaba mientras pedaleaba, una suerte de programa de radio de cuentos. Conocía cada cuesta al milímetro, las más suaves y empedradas por las que se podía ir a toda velocidad, soltando los pedales, y las empinadas en las que había que ir frenando, despacio, despacio, para no acabar estrellado contra la hierba más allá de los bordillos. Yo tiraba de los cuentos como un hilo, los iba contando como un hilo para entretener a mis hermanos. Salían de mi cabeza solos. También pensaba en casa, en lo que harían nuestros padres ahora que no estábamos, en la merienda de bocadillo de jamón reseco y un zumo que nos esperaba en casa dentro de dos horas, en los suelos de parqué de mi cuarto y en lo que me gustaba sentarme debajo de la mesa a escribir un cuento. Quería estar en casa, pero ahora estaba en la urba pedaleando y tampoco se estaba mal, y yo tiraba del cuento como un hilo que salía de mi cabeza. Pasábamos por el talud pegado a Mendizorroza, donde yo a veces encontraba caracoles y les daba de comer hojas, por los soportales de la casa de Jasón y de los Ibarra, por nuestros soportales, por donde vivía Ana, la niña que tenía síndrome de Down, y su madre muy desagradable, luego la salchicha que llevaba a la entrada de la urbanización con sus ciruelos, una casa baja como de pueblo que tenía un huerto, la puerta verde que llevaba a Luko y de nuevo los portales del fondo pero del otro lado, que eran como visitar una tierra extraña, con hierba distinta y manzanos y palmeras en los contenedores de basura.
En la campa, arriba, había hierba y había árboles, había tierra; había raíces de pinos que al hundirse en la tierra hacían una casita y escondían monedas y otras cosas que se podía encontrar. Tesoros. Me gustaba ensuciarme las uñas desenterrando cosas, me imaginaba cavando en mi pequeña madriguera y que ningún vecino podía verme. Eso era más privado que montar en bici, porque cuando montabas en bici los vecinos sí podían verte, y a veces te decían cosas desagradables, como la vez que tuve que ayudar a Álvaro a hacer caca en la campa porque papá y mamá quién sabe dónde estaban y una señora nos dijo que eso no se hacía (y pienso que ahora le habría dicho, un momento, ya subimos a usar su baño, señora).
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