01/10
Sentí que caía al vacío. Que mi vida, que ya antes no tenía norte, perdió su sentido por completo. Intenté agarrarme con piernas y brazos, te ofrecí mi corazón y mi sexo, pero nada funcionó. Tú ya no me querías como antes.
Caminando por la ciudad, miré fijamente los lugares en los
que habíamos estado, y me dolió tu ausencia como si me arrancaran el corazón una
y otra vez. La parada de metro donde te esperé esa primera vez. El cine a cuya
salida te besé de puntillas después de ver aquella película tan rara. Los bares
y restaurantes donde comimos; la calle donde te besé por primera vez mientras
te acariciaba el cuello. La estación donde cogíamos el autobús para ir a la
casa donde entonces vivías. Nuestro principio.
Si pudiera recorrer todas las calles de las tres ciudades en las que vivimos, si pudiera recorrer nuestra relación desde el día 1, si pudiera una última vez recorrer tu cuerpo. Agotarme. Solo quiero agotarme para no pensar en mi vida que ya no será. Toda mi vida ya no será.
Me sentí idiota por echar de menos mi fantasía heteronormativa. No me sentí idiota por echar de menos la domesticidad, el calor del hogar que habíamos construido, la casa de mi alma (tu alma).
02/10
Sentí que
todos los seres y las cosas que me habían acompañado durante el tiempo que
estuve contigo jamás volverían a reconfortarme (el cielo, los pájaros, la
lluvia, el bosque en otoño, los lagos, los ciervos, las flores silvestres en
verano, el agua, los jardines, las fogatas, las barcas, los peces, Mary Oliver,
Elizabeth Bishop, los libros que hablan de los árboles).
03/10
Me hostigué pensando en las cosas que podría haber hecho de otra forma; en cómo podría haberte querido mejor, corresponderte al amor que me dabas, demostrarte lo que te quería. Recordé las veces que pensaba en darte una sorpresa para luego siempre acabar retrotrayéndome a mi no-generosidad, a mi absurda economía. En cómo te negué mi cuerpo una y otra vez hasta que acabaste aborreciéndome.
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