De las hojas astringentes de los pinos, cuelgan en el sendero que acabamos de dejar atrás pequeñas gotas que decantan la luz brillando con todos los colores, como luces de Navidad diminutas o más bien como los bombones envueltos en celofán fucsia, azul, naranja, verde, amarillo y rojo que la abuela solía traerme en una caja de latón. Miro las gotas y miro el sendero. Un gnomo podría aparecer en cualquier momento, me digo mientras me demoro intentando fijar la imagen en mi cerebro, bajando entre los pinos mágicos sin inmutarse: tal es su mundo.
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