Son las cuatro. Sin necesidad de encender aún ninguna luz, escribo en mi escritorio en algo que comienza a ser penumbra. El jardín espolvoreado de blanco parece un bizcocho con azúcar glas; más allá de los árboles también nevados el cielo brilla con suaves azul, rosa y blanco, como una cobertura de algodón de azúcar o la gama de colores de esponjas de farmacia para niños. A medida que los días se alargan mi pena merma. Pienso en cómo alimentar mi cuerpo y mi alma agotados por el frío y la oscuridad, en cómo vencer este cansancio. Pienso en el amargor tonificante de ese primer verde que aún esta lejos. Pienso en tardes del futuro en las que la nieve se habrá derretido y el ruido habrá cesado y podré por fin estar tranquila, acurrucarme, releer y corregir obsesivamente papeles que luego nadie leerá, salir a pasear con un libro y sentarme entre los árboles aún sin hojas y las piedras húmedas y cubiertas de musgo a leer poemas y a invocar la primavera.
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