Y en su cabeza se libraba la lucha más feroz: ella, capitana del barco, forcejeando con el timón, iba de una orilla a otra, de un océano a otro, sin saber dónde desembarcar, sin saber cómo romper todos aquellos ciclos que la enloquecían como radios torcidos de una rueda de bicicleta.
miércoles, 15 de enero de 2020
Su cuerpo era un campo de batalla donde luchaban encarnizadamente todas sus antepasadas, reales y ficticias: en los pies Juana de Arco y Yaa Asantewaa se disputaban la uña del dedo pequeño y sus pequeñas pústulas, que engarzadas en las puntas de las flechas eran mortales; en el estómago su madre y su abuela reñían por las peladuras de patata de la basura que ella se había metido en la boca cuando era un bebé, peleaban en ruedas que eran ciclos de hambre y comidas llenas de manteca; en la vulva su tatarabuela indígena y una blanca discutían por cuál había sido la que había prostituido más su cuerpo por complacer al hombre, por un plato caliente y un techo bajo el que descansar...
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